La alimentación es una actividad esencial y cotidiana para preservar la vida, la cual está asociada a factores biológicos, sociales, culturales, económicos y de salud que, en última instancia, son los que definen los patrones alimentarios de los individuos y los grupos.
En el caso particular de la población adulta mayor, se presentan características asociadas al proceso mismo del envejecimiento biológico, como la presencia de alteraciones de la salud y ciertas condiciones sociales (la jubilación, la viudez o la soledad), que inciden directa o indirectamente en su estado nutricional.
Es por tal motivo que la constitución de la dieta en personas ancianas, en términos de tipos y cantidades de alimentos, resulta un aspecto clave en la evaluación de la situación nutricional y de salud de las mismas. Lo anterior, por cuanto la satisfacción de las necesidades nutricionales es un reto cada vez más complejo, conforme las personas son más senescentes.
Factores como la inapetencia, la omisión de tiempos de comida, la ingesta de cierto tipo de fármacos que interfieren con la absorción y acción de los nutrientes, la inactividad física o la presencia de patologías pueden promover una malnutrición y un deterioro de la salud, a tal punto que se ha demostrado que existe una mayor vulnerabilidad nutricional en las personas de avanzada edad (Castelblanque E., Cuñat V. 2002).
Debido a lo anterior, resulta importante analizar la dieta en términos de alimentos, considerando su densidad nutricional, los hábitos alimentarios y el acceso que tiene la población mayor a dichos productos alimenticios. No hay que olvidar que a nivel mundial la población es cada vez más longeva, producto de una disminución en las tasas de fecundidad y mortalidad y una mayor esperanza al nacer (Restrepo S., et al.2006).
En el patrón dietético de la población en general, tanto en Costa Rica como a nivel mundial, sobresalen diversos tipos de alimentos con estas características, entre los que se encuentran la leche y los productos lácteos.
El presente trabajo tiene como objetivo describir los principales beneficios nutricionales que las personas adultas mayores pueden obtener a partir del consumo frecuente de leche y productos lácteos semi o descremados.
Cambios fisiológicos asociados al envejecimiento y su relación con la nutrición
Como parte del proceso de envejecimiento, se presentan cambios fisiológicos, los cuales están asociados directamente con las funciones digestivas y la utilización de los nutrientes por parte del cuerpo (Sáenz y Rojas, 2000).
De esta forma, conforme avanza el proceso de envejecimiento biológico, se afecta la capacidad de absorber y transportar los nutrientes presentes en los alimentos, sino que también la utilización por parte de las células se ve disminuida.
Respecto a los cambios fisiológicos y su relación con el proceso de la nutrición, los sistemas corporales de mayor interés son el digestivo y el endocrino. Los cambios en la función renal y cardiovascular que se presentan en el transcurso normal del envejecimiento, también pueden afectar significativamente, de manera integral, el estado nutricional y la salud de la persona adulta mayor (Sáenz y Rojas, 2000).
Debido a los cambios biológicos producto del envejecimiento corporal y las alteraciones que podrían suscitarse en los patrones de alimentación por factores emocionales o sociales, se presenta la necesidad de enriquecer la dieta con determinados nutrientes, en especial de aquellos que se requieren en micro cantidades (vitaminas y minerales) (Torún, B; Mechú, M y Elías, L. 1994).
En este sentido, la deficiencia en la dieta de estos componentes podría presentarse desde etapas tempranas de la vida, debido al seguimiento de hábitos alimentarios poco saludables, lo que consecuentemente trae problemas de salud en la vejez.
A nivel dietético, tan importante es el aporte proteico de la dieta, como el balance que debe existir con las fuentes de grasa y carbohidratos. Elementos tales como la vitamina C, vitamina E, betacarotenos (precursores de vitamina A), y ácido fólico, juegan un papel muy importante como sustancias protectoras, las cuales deben ingerirse diariamente, y deben provenir principalmente de fuentes naturales (Mahan, L.K. y Escott-Stump, S. 2001).
Por otro lado, no pueden dejarse de lado el aporte de minerales, como el calcio, el zinc y el hierro y de otras vitaminas esenciales como la vitamina D, la vitamina B12 y otros componentes nutricionales esenciales para un buen funcionamiento del organismo.
Particularmente en esta etapa de la vida, cobra importancia el florecimiento de enfermedades crónicas y degenerativas, las cuales alteran las necesidades nutricionales de las personas. Así, por ejemplo, la presencia de cáncer hace que las necesidades de energía, proteína y ciertos micronutrientes estén aumentadas. Por otro lado, la mayor presencia de grasa en la dieta es un factor de riesgo necesario de controlar.
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